jueves, 2 de noviembre de 2017

El olor de la muerte



Cuando doña Juana llegó el martes para visitar al santito, como de costumbre, me percaté del asunto. Sin embargo, preferí mantenerme alerta y sin decir nada. Podría estar equivocado.
Doña Juana es muy devota del santito. Viene cada mes en la misma fecha y me compra las velas. Tengo el puesto justo en frente a la entrada del templo. Después de jubilarme como enfermero, se me ocurrió esto de la venta de velas. Con el tiempo agregué estampitas, libritos, postales, fotos del templo y de la imagen del santito. Así conocí, en estos años, a mucha gente; incluso demasiada, para mi gusto.
El último martes pasó algo raro, o no tanto; aunque sí particular. Doña Juana vino y compró las siete velas rojas de costumbre. Inmediatamente percibí el olor.
Ella estaba algo agitada, pálida. Si bien se expresó correctamente en forma oral, sentí que sus palabras no las pronunciaba con total fluidez. Parecía faltarle el aire, arrastraba las vocales. Pero ella siguió, como siempre, hacia el templo, aunque con paso titubeante. Se detuvo, más veces que lo habitual, en cada escalón.  
Me quedé pensando. Ella tenía todos los signos de quien está en ese punto sin retorno, en el camino hacia la muerte. El olor que emanaba de su cuerpo era, sin duda, el olor de la muerte.
Al día siguiente me enteré que, ese martes, doña Juana había partido al encuentro del santito. Sus cenizas, sin embargo, quedaron depositadas junto a la imagen de su devoción.
Pedro Buda
2016
                                                                                                                                      Walter H. Rotela


jueves, 14 de septiembre de 2017

Recordando... Un mundo de fuego

Un mundo de fuego en revista literaria Túnel de Letras

En el año 2013 este cuento fue publicado en el primer número de la revista literaria Túnel de Letras, en la pp. 34
Los invito a conocer la revista y leer este y otros cuentos en el mismo medio digital. 



martes, 27 de junio de 2017

El hombre de la cloaca



Una tarde, mientras caminaba por la ciudad, con mi hija pequeña de la mano, vimos a un hombre dentro de una gran fosa.
   El hombre parecía un ser pequeño, un minúsculo grano de arena en medio un enorme médano  informe. Casi imperceptible, en medio del todo. Una pieza visible, sólo gracias a una suerte de gracia celestial, puesto que sobresalía por delante de su rostro, un par de gafas oscuras que no disimulaban su enorme nariz.
   Lo miramos por un inacabable minuto para luego olvidarlo para siempre. Sin embargo, en ese instante fue imposible no verlo, pues cual cucaracha salía de la fosa, de una cloaca. Este es un sistema que recibía las heces y orines de un importante edificio de gentes significativas, que trabajaba en sus prestigiosos puestos del buró central.
   Casi disculpándose por su presencia allí intentó esgrimir alguna frase o saludo, mas no fue así. Simplemente seguimos, casi, sin mirar atrás.
    Mi hija, sin embargo, miró una vez más y dijo - casi balbuceando - ¿quién es él, papi?
     ̶   Soy yo, aunque no te des cuenta, soy yo –contesté, sin querer contestar.
     ̶  No, tú estás aquí. No eres tú.
    ̶  Soy yo, en un momento que aún no llega, pero está ahí, en medio del espacio tiempo, en un cruce del camino, de las huellas del destino…
Walter Rotela
2014

Puedes leer también, en este blog <<Parte de su cerebro>>

miércoles, 14 de junio de 2017

Mis Huellas... Día del escritor

Mis huellas llamo a cada uno de mis cuentos publicados o no. Cada relato, cada novela o cada proyecto inconcluso es parte de mi universo creativo que busco compartir con los lectores. Los cuales van apareciendo por diversos sitios del mundo, pues tengo la suerte de saber que me leen en España, en México, en Argentina y Uruguay, en sitios para escritores y lectores, en comunidades donde nos encontramos a leernos.
   Hoy es 14 de junio y ayer (13 de junio de 2017) se conmemoró el día del escritor en Argentina, por ello hoy deseo sumarme al día, con mis cuentos y libros. Pueden descargar gratis la mayoría de los libros, y claro, en este blog: la lectura es gratuita....
    Los invito también a conocer mis otro blog Universo creativo de Pedro Buda 

Mi sitio en Bubok Argentina 
                             
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viernes, 9 de junio de 2017

Reflexión

En la misma gorra




Estimada gente que es parte de esta comunidad: ¿qué les parece a ustedes que cada vez que entran a un shopping con una gorra puesta, debido al frío reinante en estos días, la gente de seguridad los invite a sacarse la gorra? Porque... tener una gorra puesta parece decir que somos "delincuentes", o al menos, propenso a serlos, o sino, probable de tener elementos para ser considerados como tales. Yo entiendo que: la gorra cubre cierta parte de nuestro rostro o de "la cabeza", y ello hace difícil el reconocimiento; pero de ahí, a qué todos seamos pasibles de ser delincuentes... Creo que hay un salto cuantitativo y cualitativo interesante a analizar.

No sé sí cuando ven entrar a figuras como al ex presidente, don Julio María Sanguinetti, u otros personalidades públicas los invitan a sacarse las gorras. Quizás, ellos, conscientes de las normas sean respetuosas de las mismas. También me considero respetuoso de las mismas; pero, ciertamente, me indigna que por el sólo hecho de usar una gorra, los agentes del orden privado o público, me consideren un delincuente; porque esa es la conclusión a la que llego: "El que usa una gorra es pasible de ser considerado un delincuente".

Así también me planteo si el señor panadero que sale con su gorra a comprarse un té para descansar en su turno de descanso le invitan a sacarse el gorro, o al carnicero, o al policía, o al bombero. Pues no faltó el caso policial donde los delincuentes vinieron disfrazados de "Policías", bueno ni hablar de aquellos que no se disfrazaron y son políticos corruptos y nos engañan con malversaciones y visten de elegantes trajes... Sin alusión a nadie, pero los informativos e investigaciones judiciales, nos invitan a conocer la realidad, queramos o no verlas.

En fin, la lista es larga... Pero parece que adolecemos de problemas en el uso de los estereotipos y tenemos miedo, entonces, de los tipos que usan gorra. Yo uso gorra, porque tengo frío en la cabeza, y con ello evito, a mis 49 años, de tomar frío.

Soy respetuoso de las normas; pero no deja de fastidiarme esta norma que mete a todo el mundo en la misma gorra.

Y hoy en el shopping, pregunté a otras personas si esa situación les molestaba y me comentaron que sí. Y decidieron no quitarse las gorras. Uno de ellos un señor de unos setenta años.

Yo me pregunto: ¿Somos libres?

lunes, 15 de mayo de 2017

El portal bajo el puente

Audiolibro 


El portal bajo el puente audio - CC by - Walter Hugo Rotela González










Recuerdo, perfectamente, cómo llamó mi atención una portera que vi, una mañana que recorría un camino en mal estado. Era una ruta provincial que, por cierto, necesitaba ser reparada. De hecho, unos 150 kilómetros al norte de la zona, estaban repavimentando, a un ritmo muy lento.
Aquella vista fue impactante, por ello disminuí la velocidad y regresé sobre lo andado, hasta parar a pocos metros de la entrada. Al costado del camino corre, en paralelo, la vía del tren. En un sector se eleva siguiendo la roca oscura y, debajo, se forma una suerte de cueva, que no es tal. No lo es porque, si bien hay una entrada, del otro lado se ve un extenso campo. Es más bien como un túnel corto.
Saqué mi máquina de fotos y registré aquella entrada. Como estaba en una curva, no quise detenerme demasiado tiempo, pues bien podría venir un camión y no tendría espacio y tiempo para evadirme. Estaba en parte sobre la calzada pues la banquina era escasa y se continuaba con un barranco poco profundo. De la ruta salía un sendero hacia esa entrada, pero parecía muy poco usado. La portera tenía una larga cadena y un oxidado candado muy antiguo.
Continué la marcha y conversé largo rato con mi acompañante en esa instancia sobre a dónde conduciría dicha entrada. Era un lugar inapropiado para tener un acceso a un campo, pues un camión no podría entrar, la visibilidad es mala desde el camino, por lo sinuoso de la zona.
Un tiempo después volví a pasar por el lugar y busqué, denodadamente, aquella entrada, aquél puente. Lo más parecido era una franja elevada por donde cruzaba la vía del ferrocarril, pero no había un túnel o entrada debajo. Las fotos no pude revelarlas sino hasta que pasó medio año casi, cuando lo hice. Cuando al fin tuve ante mí las fotos no era lo que yo había visto, o lo que recordaba. Me sentí muy frustrado ante aquella evidencia.
Por razones laborales, un par de años después, tuve que pasar por el mismo lugar. Me dirigía hacia unos campos al norte de aquella región y el camino seguía en construcción, aunque el tiempo transcurrido era importante. Supuse que la obra vial de la región atravesaba las mismas condiciones que otras del país.
Andaba muy atento y estaba acompañado por una persona que encontré haciendo dedo en una rotonda, en la entrada a un pueblo. Se dirigía, como yo, hacia el norte del país, por lo que le ofrecí llevarlo. Había perdido el ómnibus por media hora y no quería quedar varado en esa zona. Él era un arquitecto que en sus ratos libres gustaba adquirir conocimientos sobre fenómenos extraños, entre los que incluía el avistamiento de ovnis. La conversación fue derivando hacia esos temas, pues el hombre era un apasionado, con amplio conocimiento, a juzgar por su atinada plática, llena de datos concretos, referencias accesibles y precisión de la información. Lo sé porque en mi profesión –soy ingeniero- la precisión es indispensable. De hecho iba hacia el norte para ver un proyecto vinculado al aprovechamiento del agua en una zona donde eso es vital.
Estaba anocheciendo y el sol se perdía por el oeste muy rápidamente. La noche tomó por completo la ruta y la visibilidad era escasa, aunque se veían las estrellas en ciertas zonas. Nubes gruesas se extendían por doquier.
De repente vi la entrada. La curva estaba cerca, como aquella vez y tuve que andar un tramo para dar vuelta y acercarme por el otro lado de la ruta.
Recorrimos un buen tramo y no vimos nada. Seguimos unos 5 o 10 kilómetros y dimos la vuelta nuevamente. Y en un punto vimos la entrada. Un campo estrellado, totalmente luminoso se abría detrás de una abertura a un costado del camino. La curva, apenas estaba señalada por unas bandas que brillaban con las luces del coche. Me obstiné y paré, en seco, el auto. Desde esa posición se veía la entrada. Tomé la cámara y nos acercamos. Registré un buen número de fotos, ajusté la velocidad y la sensibilidad y disparé un número considerable de veces. Avanzamos a pié en la dirección que íbamos y fuimos perdiendo de vista la entrada. Al regresar sobre nuestros pasos volvíamos a ver la entrada.
̶ ¡No lo entiendo, no lo entiendo! –dije casi gritando.
̶ De esto es que te hablaba algunos kilómetros atrás –comentó, calmadamente, mi interlocutor. Muchas cosas, como ésta, no son fáciles de ver, menos de aceptar. Pero existen.
Pedro Buda

Walter Hugo Rotela González






domingo, 30 de abril de 2017

El hombre del monte

En la tercera visita a la zona de la laguna Rodríguez tuve la oportunidad de conocer a una cuadrilla de obreros de las vías férreas. Estos hombres recorren varios kilómetros del sistema reparándolas. Sus pieles están curtidas por el trabajo a la intemperie. A veces cambian porciones de rieles, tramos cortos que están en mal estado. Otras veces reponen los durmientes viejos, que se están quebrando y pueden poner en riesgo la circulación.
En uno de los extremos  de la laguna Rodríguez hay un hermoso puente de acero y cemento armado revestido con piedras. Los pilares son de hormigón, en tanto, el puente en sí es de acero, chapones gruesos, bulones y remaches grandes y los durmientes de madera dura, noble, como la del quebracho colorado. Estaba siendo reparado y don Sebastián Cano, dueño de algunos de los campos de la zona convidó con un cordero a los trabajadores, en su segundo día de labor en la zona del puente.
Dos de los obreros de la cuadrilla que viajaban en una zorra con motor habían hecho el relevamiento de lo que se precisaba, en el transcurso de los últimos meses. Ellos le comentaron al capataz de lo avistado en uno de las incursiones por el tramo cercano al puente: "Andaba un hombre raro por los alrededores. Lo extraño era que parecía estar cubierto por abundante pelaje, sea que llevase encima algún cuero de vaca o que él mismo estuviese cubierto por abundante pelo..." Esta era la declaración hecha por los trabajadores en una suerte de bitácora que llevan adelante en su recorrido. En la misma anotan tanto el material que se precisa, como el estado de lo que deben reparar, llevan una máquina de fotos con la cual ilustran el texto que van elaborando.



Salí con mi cámara a registrar el hermoso paisaje que en parte conocía, pero que parecía cambiar con cada estación en que la fuimos visitando, con los amigos de la pesca y caza. El atardecer fue un momento increíble. Fui hasta el puente donde los obreros terminaban de reemplazar algunos durmientes y un sector de riel. Ellos me contaron sobre las zonas donde habían visto al "hombre" que corría medio erguido, medio encorvado entre arbustos del monte y más allá, sobre la pradera.  Ellos se referían al ser extraño como "bicho" y otras como  "hombre". Aseguraban que lo habían visto recientemente y más de cerca, no tanto, pero sí para distinguir que se semejaba más a un ser humano. "Anda parado, es un bicho raro. Parece un hombre porque lo vimos de pie, pero su abundante pelo no coincide con un hombre común. Lo vimos perderse entre los arbustos, caminaba veloz y por momentos como agachado, rengueando..."−comentaron los obreros.      
  El atardecer estaba increíble. El sol se ponía tras la colina. Hice foco sobre la parte alta de la colina más cercana. Me pareció una imagen increíblemente bella. Anaranjados, rojizos tonos que se mezclan con la negrura de los arbustos y sus ramas. Sin embargo, la imagen fue doblemente increíble, cuando la vi en la pantalla de mi notebook días después. Había capturado la imagen del ser al que se referían los obreros. Era una persona, un tipo erguido. Y no un paisano del lugar. No, se veía una figura negra, como los arbustos, una silueta distinta de los árboles; pero que no pude distinguir en la pantalla de la cámara de foto y video. Hice varias tomas de la puesta de sol y esa figura oscura se movió en esos instantes. No era un árbol con sus ramas, era algún tipo de animal erguido y cuando vi las fotos en la computadora conocía el secreto que encerraban. Pero no me adelantaré, amigo lector.

Al día siguiente que registré las fotos nos visitó don Sebastián Cano. Lucía un tanto perturbado, se frotaba el bigote reiteradamente. Dio algunos rodeos hasta que por fin desembuchó: "Anoche alguien mató dos ovejas del puesto de arriba. Son unos vecinos amables y están indignados. Les mataron los bichos y sólo se llevaron el cuarto trasero de uno y dos cuartos delanteros del otro animal..." –aclaró, en un tono angustiado y hasta amenazante por momentos.
     ̶ Pero... ¿ Y quién pudo ser? –le dije, con la voz más firme que pude lograr. El hombre parecía enfurecerse a medida que relataba lo acontecido. Los obreros habían partido la noche anterior, rato después que yo había hablado con ellos. Don Sebastián los había convidado con un asado de cordero como recompensa por la labor, pues también él usa el ferrocarril para llevar parte de su ganado. La noche en cuestión estaba tranquila, fresca. Cuando llegaron don Sebastián en compañía del peón no hicieron ruido alguno, sino hasta que estuvieron demasiado cerca. Después, sólo después, se me ocurrió que quizás buscaban atraparnos con las manos en la masa, pero no fue así. Habían tenido mala experiencia con otros acampantes y estaban algo desilusionados. En el fuego hervía la olla con la buseca cocinándose a fuego lento. Era el producto del trabajo de Gustavo, Chino y Eduardo pues cada uno había hecho algo para lograr que la olla estuviese llena.  El aroma inundaba todo el monte. Después de un rato de charla la tensión bajó y ellos se despidieron. Antes compartieron un trago de wiski.  Era de mañana y ellos aceptaron participar de unas partidas de truco en la noche.
̶ Vendré acompañado con don Rubito y algún peón para hacer un pequeño campeonato de truco –dijo, con un tono mucho más amable que el usado cuando llegó.
De tardecita, vino el peón que conocíamos y trajo un cuarto de venado que ellos habían cazado días antes en los campos de don Rubito. Era para compartir durante la noche.   Gustavo y el Chino se encargaron de prepararlo.
Sobre las diez treinta de la noche, un poco más o menos, don Sebastián, don Rubito y el peón se acercaron al campamento a orillas de la laguna. Sobre la parrilla se cocía, a fuego muy lento, el trozo de venado, dos colitas de cuadril, en tanto en una olla de hierro cuadrada se cocinaban dos calabacines que se rellenaron con queso, cuatro boniatos y un kilo de papas blancas con cáscara. El aroma llenaba todo el lugar y se extendía más allá de la laguna. Se había terminado la bebida sobre el medio día, por lo que Omar y Gustavo fueron al pueblo a conseguir más provisiones. Trajeron suficiente como para un regimiento sediento.
Don Sebastián, apenas llegó aclaró que traía un rifle con un dardo provisto de un poderoso sedante. Lo hizo ante nuestra mirada un tanto incrédula. Comentó que tenía la firme intención de cazar al bicho del monte ese, fuese lo que fuese. Un par de semanas atrás había consultado con un amigo veterinario y éste le había conseguido dardos y rifle. Todos los chacareros de la zona estaban en sobre aviso. El arma en sí no llamaba la atención, aunque sí los dardos. Nos pareció increíble la idea de querer cazar, capturar con vida al bicho; sin embargo, como me habían relatado los obreros, era el bicho muy parecido a una persona normal, aunque peludo. Yo había compartido lo que me relataron a mis compañeros de campamento.
Las carnes chillaban sobre la parrilla. Los calabacines y la bebida comenzaron a correr enseguida. Se sucedieron anécdotas y cuentos de todo tipo y color. Historias de pescadores y cazadores. Fue muy divertido escuchar y darse cuenta de quién exageraba más sobre el animal o pescado capturado. Incluso uno, el Hugo, recordó que tenía grabado un relato de un tipo que dijo conocía a unos viejos polis que habían cazado aborígenes a orillas de un río al norte del país vecino. Recuerdo que el relato llevaba por título "cacería en enero". Y lo tenía grabado en el celular y nos hizo escuchar.  
Como un par de horas después de empezar los partidos de truco y comida vimos como, sigilosamente, el peón, "Orosindo", se acomodaba sigilosamente detrás de don Sebastián. Pensamos que había enloquecido. Sin embargo, nadie dijo mucho. Bueno, los rostros eran muy expresivos, al menos los nuestros, los acampantes. Don Sebastián con un gesto nos convocó a seguir como si nada pasase. Y sin entender mucho, le seguimos el juego. Después supimos que Orosindo había visto moverse el follaje en la orilla de enfrente y podría ser la presa de caza. Esperó en su posición casi media hora, mientras el juego continuó, así como la bebida.
Cuando don Rubito cantó un "truco" se escuchó un disparo al unísono y fue certero. La mira telescópica de visión nocturna que tenía adosado el rifle lo permitió. El bote inflable que esta vez funcionaba, pues se lo había mandado reparar, tras no poder usarse la primera vez que fuimos a la laguna, permitió que linterna en mano, don Sebastián, Eduardo y el peón cruzaran al otro lado. Veinte, eternos,  minutos después colocaban el cuerpo del hombre del monte sobre el bote para cruzarlo.
El hombre era un tipo bajo, con abundante bello, casi como un simio, pero no tanto realmente. Llevaba un cuero de vaca cruzado a la espalda y un pantalón vaquero muy gastado y sucio. Durmió como dos horas. Tras despertar descubrimos que no hablaba, en realidad era casi como un gruñido fuerte lo que emitía. Pero se le caían los párpados producto de los efectos del tranquilizante que poseía el dardo. De a rato parecía balbucear algo. Lucía un buen estado físico.
La partida de truco no siguió. Sí corrieron más bebidas y carnes asadas. En poco rato se hicieron más de un centenar de fotografías. Se lo cubrió al hombre con una manta y se lo inmovilizó con cuerdas, aunque se evitó producirles alguna lastimadura. Don Sebastián dio parte a la policía. Ellos traerían un médico para examinar al masculino, en la mañana. No llegarían antes de las diez u once la mañana.
Tras este caso, ninguna historia de cacería o pesquería quedaba grande. Esta era "la historia", la más fantástica y, sin embargo, verdadera que todos tendríamos para contar de ahí en más. Sería la anécdota de cuando hallamos al hombre del monte. Las fotografías no nos permitirían olvidar... ni exagerar.
Pedro Buda
Walter H. Rotela G.
2017   

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