martes, 25 de abril de 2017

El bicho del monte ataca otra vez

Registro y edición de imagen Walter Rotela 

Era la segunda vez que acampábamos en el monte a orillas del Rodríguez. Nos sentíamos cómodos y a la vez gratamente sorprendidos por la tranquilidad del lugar. Se escuchaba el sonido de las hojas moviéndose en los arbustos. Sobre la superficie de la laguna se formaba, a esa hora temprana de la mañana, suaves ondulaciones que rompían en la orilla. Una combinación que adormece los sentidos. 
Juntamos leña, ramas caídas de los alrededores y empezamos a armar la fogata que no se apagaría hasta el fin del campamento. El agua para el mate salió en poco tiempo. Tras eso calentamos el aceite para freír las tortas fritas. El olor se extendía por dentro del espeso manto verde que se extiende a todo lo largo de la orilla.
Uno de los peones de campo se acercó a caballo. Arriaba cabezas de ganado cuando sintió la fritura. Lo convidamos y quedó encantado.  Él devolvió la gentileza compartiendo una botella de anís que traía colgada en la montura. El trago fue bienvenido. Entre mate y mate lo consultamos por unas huellas que volvimos a ver a orillas de la laguna. Le contamos que las habíamos visto en la visita anterior y que nos llamó la atención. Le explicamos que si bien la habíamos observado con atención no pudimos determinar de qué animal eran las huellas.
̶ Lamento... Lamento pero no sé, tampoco, de qué son. Nosotros también las vimos y aunque creíamos que pertenecían a un jabalí... No corresponden –dijo el paisano.
̶ Nos contaron que mató a un perro, al blanquito ¿no? –le dijo el chino, que disfrutaba de los perros y, en esta oportunidad, había traído uno de los suyos para salir a cazar.
̶ Sí, es cierto. Le destrozó la cabeza –confirmó el peón. Su mirada se perdió en la otra orilla. Quedó muy quieto sorbiendo un amargo. Se encogió de hombros por un rato que pareció interminable. El sol comenzaba a asomarse por encima de la colina del este. Se acomodó el sobrero y avisó que quedaba a las órdenes. Nos pareció una despedida abrupta; pero pensamos que este gaucho moderno ,que anda con su celular encima,  tiene sus cosas y así hay que respetarlo.
Cuando el peón montó se volvió hacia mí –que lo había acompañado hacia el borde del monte donde dejó pastando a su caballo– y en voz baja me dijo: "Tenga los ojos abiertos. Pa' mi que el bicho ese... Anda suelto. No sé por qué; pero por si las moscas..."
− Bien... estaremos atentos  −le prometí llamarlo ante cualquier eventualidad. Lo vi alejarse lentamente, mientras prendía su tabaco armado minutos antes cerca del fogón, mientras amargueaba.
Al regresar al campamento los amigos estaban en silencio y mirando hacia la otra orilla. Uno de ellos tomó la cámara de fotos e hizo un par de disparos. Al verme llegar se acercó y me mostró la última foto. Me sorprendió.
Para este campamento nos organizamos mejor que para la vez anterior. Éramos los mismos seis y eso era bueno. Dos irían a cazar mulitas con el perro; dos cocinamos el cordero recién carneado en la madrugada, cuando llegamos al puesto de doña Rica. Los otros dos pescarían.
Eduardo y yo nos dividimos tareas. Él fue a buscar más leña y yo preparé la carne. Armé los fierros para encajar el cordero que lo haríamos a la estaca. Arrimé más leña y distribuí brazas. A mi costado se calentaba agua. La olla con la grasa se enfriaba más allá. Los que pescaban estaban absortos en lo suyo. Uno de ellos, sin embargo, oteaba en dirección a la otra orilla. No decía nada; pero estaba atento, o mejor serpa decir, lucía preocupado. Resté importancia al asunto. Quizás aún estaban con sueño. En realidad no habíamos dormido esa noche, pues estuvimos viajando toda la noche para llegar a la laguna.
Eduardo volvió con ramas y con una sonrisa extraña. Le pregunté qué pasaba.
̶ ¡No vas a creer! –me dijo. Seguía sonriendo pero con una sonrisa involuntaria.
̶  ¿Qué... no voy a creer? –le respondí, mientras me servía un mate y me acomodaba en la silla plegable.
̶ Escuchá... –me dijo, al tiempo que reproducía una grabación hecha con su celular.
̶ ¡Y eso! Es como un gruñido... –exclamé al escuchar; pero que también fue oído por los pescadores. Los que se acercaron. Eduardo volvió reproducir el audio.
̶ No estamos solos... –dijo Gustavo, al tiempo que agregó: "Me pareció ver algo del otro lado".
Recordé la imagen capturada por la máquina un rato antes.
̶ ¡Sos un cagón! – le gritó "Chuleta" -el hijo- que siguió pescando.  Tras decir eso sintió un tirón en la tanza y dio un manotazo firme, recogió y tiró con fuerza al pescado fuera, hacia atrás, al pasto. Le brillaban los ojos de alegría. Todos soltamos al unísono una estruendosa carcajada. Como la zona está rodeada por el monte y como en un bajo eso pareció retumbar. Como un eco se oyó. El chiquilín bailaba de alegría alrededor de la fogata. Era el único que hasta ahora había pescado algo. Volvió a encarnar el anzuelo, y ató a una rama la tanza, para ir en busca de una taza de leche chocolatada, caliente. Había leche en polvo y chocolate sólo para él, el resto preferíamos un mate amargo. Tomó un par de tortas fritas que aún se escurrían en la parrilla. En eso se escuchó un ruido. Nadie dijo nada. Intentamos oír con atención. Sólo el viento movía las hojas y nada raro volvió a oírse el resto del día.
Cuando promediaba la media noche aún andábamos en vueltas. Corría el vino tinto, algo de wiski y las historias de zombis. En eso escuchamos ramas que se movían, en la dirección donde estaban estacionados los vehículos, en una de las entrada al monte desde la pradera. Todos atinamos a mirar en esa dirección por unos interminables segundos, hasta que por entre el ramaje se apersonó don Rubito y el peón que nos había visitado en la mañana. Sonrieron al vernos.
̶ ¡Qué les pasa! –dijo don Rubito. ¿Se pasaron de copas?− prosiguió con voz baja, en tono de broma, pero simulando seriedad.
̶ Parece que vieron al mismísimo diablo... –comentó el peón. Éste, según noté y sin embargo no dije nada, llevaba un crucifijo sobre el pecho y una cinta roja en la muñeca.  Eran claros indicios que era hombre de creencias semejantes a otros hombres de campo de otras regiones.
Eduardo, casi entre risas, comentó sobre el extraño sonido que había escuchado y grabado en la mañana. Lo reprodujo, ahí sin más, y todos lo oímos atentos.
̶ Parece de un grato grande –acertó a decir el chuleta, mientras miraba al padre con una sonrisa burlona.
̶ Es otra cosa y... No sé qué es... –aclaró don Rubito, que pidió reproducir otra vez la grabación, con un tono más serio y menos de broma como al principio.
Al terminar de escuchar la grabación, don Rubito, declaró: "Jamás escuché un gruñido semejante. Porque parece eso, un gruñido".
̶ ¿Y cuando mataron al perro ese, el blanquito, no escucharon algo similar? –quise saber.
̶ No... Tampoco –contestó secamente don Rubito. Y cuestionó, mientras penetraba con la mirada a cada uno, como intentando saber si no era eso una broma que le estábamos jugando: ¿Dónde grabó eso, Eduardo? 
Cuando Eduardo iba a señalar la zona... Se escuchó el mismo sonido, semejante a un gruñido. Sonó lejos, como del otro lado de la laguna, hacia el unte ferroviario.
El silencio fue lo que siguió en la atmósfera del campamento. Sólo el crepitar de la leña se oía ahora. Ni una brisa soplaba. Los recién llegados aceptaron un trago de vino que acompañaron con cordero asado. De una bolsa, el peón, sacó un par de chorizos secos y una horma de queso que elaboran en el puesto de Ramonita, una chacra pegada a la de doña Rica. Todo indicaba que esa noche nadie dormiría. Más aún cuando se propuso jugar unas partidas de truco. Las que siguieron entrada la noche. Alguno que estaba cansado desistió de seguir y se tiró a dormir al costado del fuego.
Sobre las cinco de la mañana, don Rubito que había quedado dormido en una silla se despertó abruptamente. Fue así porque se escuchó el ladrido desesperado del perro del chino. El cual estaba atado para que no le tentara el cordero asado que aún estaba sobre la parrilla, pero con las brazas apartadas.
Finalmente, todos despertaron, es decir, salieron de la somnolencia, puesto que más de uno no quiso aflojar, pero el sueño los había vencido. Sin embargo, el perro no paraba de ladrar y todo el mundo se puso en pie.
Un trozo enorme de carne faltaba en la parrilla. Fue Eduardo el que se percató primero. Miró al perro que seguía atado y ladrando. Atiné a arrimar leña a lo que quedaba de las brazas y vi una huellas.
̶ Vieron estas... –dije, señalando las huellas a un costado de la parrilla. Eran las mismas que habíamos visto anteriormente; sin embargo, estaban justo ahí, en medio del campamento. El perro seguía ladrando. El Chino lo soltó y buscó su ballesta. Eduardo fue al coche a tantear su arma. Se la calzó en la sobaquera. Un calibre 38, caño largo que guardaba en la guantera.
El peón y don Rubito sacaron armas blancas que traían enfundadas al cinto. Quedó claro que era el bicho y que el perro lo estaba oliendo o escuchando. Todos, linternas en mano, encararon hacia el monte, por el oeste. Sin embargo, don Rubito, conocedor del lugar, aclaró que era mejor salir del monte y buscar entrar por los otros lugares. La vegetación se volvía espesa en sectores y no permitía avanzar. Menos aún, en medio de la noche. En tanto se daban todos estos movimientos, el chuleta, seguía dormido dentro de la carpa.      
Al bicho del monte, cuyas huellas estaban marcadas a un costado de la fogata, nadie pudo seguirlo realmente. Todo rastro o signo de su presencia se perdía conforme avanzamos. También se extravió al perro, que dejó de ladrar o que dejamos de escuchar.
A eso de las ocho de la mañana, quizás un poco más, se despertó el chueta. Fue  revisar sus tanzas que seguían en el agua y alzó la vista hacia la orilla del frente.
̶ Miren... –gritó. El perro del Chino. En ese caminito de enfrente, bajo las ramas. Está mirando para acá...
El perro estaba sano y a salvo. El Chino lo contempló por un rato y se emocionó. Su perro, el sabueso "Pirata" le movía la cola.
De no sé dónde algo atacó al Pirata y lo perdimos de vista. Apenas un ladrido. No más. No se oyó nada más. Todo pasó muy rápido.
El Chino saltó a la laguna para ir tras su perro. Se calzó la bolsita de las flechas al hombro y la ballesta en su mano derecha. Cruzó en tres brazadas la laguna, que no es muy ancha, sino más bien alargada. Nosotros entre que lo mirábamos y aprontábamos unos mates armamos algunas cosas del campamento, para que estuviera más prolijo.
Estaba aún húmedo el suelo, el sol subía con rapidez.
̶ No pude verlo... No pude verlo... –repetía el Chino en la otra orilla mientras se acercaba ante nuestra vista. Le tiré dos flechas... Pero nada. El perro fue un campeón –gritó él. Traía en los brazos al fiel can que estaba hecho una piltrafa. Ésta había sido su última salida.
Sepultamos al perro en medio del monte, en una zona alejada del campamento, y a la cual, por esas cosas de la vida se colaban la luz, en forma de finos haces. Vimos al Chino cerrar la fosa y saludar a su compañero caído. Como despedida todos, incluso el Chueta, bebimos un trago de wiski. Después continuamos con mate y galletas secas como desayuno.
Era el día que saldríamos todos a buscar algunas mulitas; pero optamos por otra presa. El bicho del monte estaba en alguna parte, y, nosotros estaríamos tras él.
Pedro Buda

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